No hace mucho tiempo atrás, se robaban vidas. Se asesinaban inocentes. Día tras día, noche tras noche. Una vida tras otra. Y por cada una, vencía el odio. Se destruían sueños. Se derrumbaban futuros. Se perdía justicia y, con ella, humanidad.

No hace mucho tiempo atrás, amar suponía seguir unas reglas. Y, quien decidía romperlas, se arriesgaba a no poder descubrir el día siguiente. Muchos lo hicieron; se arriesgaron y amaron libremente. Sintieron libremente. Disfrutaron del sexo libremente. Y por dicha libertad les condujeron hasta un paredón donde les arrebataron la posibilidad de volver a sentir.

En los campos de concentración, ser homosexual determinaba el futuro y la convivencia en el campo. Marcados con un triángulo rosa colocado del revés, eran clasificados en el escalón más bajo de la jerarquía del campo y su grupo era maltratado y despreciado por los soldados y otros prisioneros. Según distintos investigadores y solo en la Alemania nazi, entre asesinatos y experimentos mortales, la cifra de asesinados oscila ente los 200.000 y un millón.

Que amar nunca vuelva a ser una condena.

La lucha no ha terminado,

continúala.