Era un 24 de Diciembre a la penumbra de una noche larga. Yo estaba preparando el estómago para el aluvión de guisos y maridajes típicos de estas fechas, con un ojo en la botella de anís y otro en la de sal de frutas. El calendario marcaba el alumbramiento del mesías moderno y mi abuela, como cada año, estaba dispuesta a demostrar que cuidando a los suyos no tiene rival. Pero primero había que escuchar a Felipe, tan campechano como su padre.

En los entremeses, le hablé de la producción local y de cómo fábricas de nuestro país estaban incluyendo patrones, que estaban descatalogados, de nuevo en su producción. Aunque no se sorprendió tanto. Me dijo que lo de la producción local ya lo hacían en sus tiempos, que vendían productos hechos en el pueblo, y que el abuelo se encargaba de la distribución mientras acercaba a otros vecinos a la capital. Menudo chasco, mi abuelo inventó Bla Bla Car.

Pero no me vine abajo y quise sorprenderla de nuevo, le conté que vendíamos prendas producidas con materiales certificados y que, además, se garantizaba la calidad del empleo de quienes los fabricaban. Tiró por la borda mi entusiasmo extendiendo un plato con ensaladilla rusa al tiempo que me preguntaba si ya no hacían prendas con lana. Cómo explicarle a mi abuela en qué consiste el Tencel.

No hay escándalo político, crisis de refugiados o taller infantil que mine la moral de nuestras abuelas. Niñas que emigraron y que repartieron cada lata de garbanzos entre sus hermanos. Adolescentes, que nunca se hicieron un selfie pero que trabajaron tanto en negocios familiares como entre las paredes de casa. Jóvenes, sin másteres oficiales ni más formación que la lectura y la escritura, mujeres de una república que se esforzó en alfabetizar antes de que la borraran. Madres, que quisieron para sus hijas una realidad distinta con mejores oportunidades. Abuelas, que bajan al súper en zapatillas de casa exprimiendo la pensión para poder comprar una cebolla y una pechuga de pollo. Abuelas, desorientadas tecnológicamente cuya única obsesión es que mientras vivan a los suyos no les falte de nada. Abuelas, por último, que ríen en secreto porque Lehman Brothers no ha mirado debajo de su colchón.

Quería decirle a mi abuela que llevamos cuatro años trabajando en lo que nos apasiona y buscando cómo hacerlo de forma más consciente con el mundo que nos rodea. Pero mi abuela es incorruptible, puso un brillante flan sobre la mesa y terminó su discurso diciendo; Si tú estás contento, eso es lo que importa.

Estamos contentos. Desde 198 os queremos dar las gracias por este año lleno de éxitos.

Os deseamos un 2017 lleno de abuelas.

Unonueveocho.